sábado, 30 de agosto de 2008

Sexo posolímpico

Existen tópicos sobre el sexo olímpico: 10.000 vigorosos jóvenes de todos los colores y sabores conviviendo durante semanas, la implacable disciplina que se distiende una vez que se termina su participación, la tensión, la adrenalina, los bañadores Speedo, las garrochas. Y desde luego el dulce y lisérgico sabor de la victoria. Ya lo dice el ex competidor de pimpón, hoy cronista deportivo de The Times y libidinoso conocido, Matthew Syed: "Una medalla de oro no es sólo el camino a la fama y fortuna sino un boleto seguro a la cama". Los más deseados, los nadadores americanos; las más deseadas, las brasileñas del voley playa.
¿Llegará el sexo a convertirse en deporte olímpico algún día? Más allá de algunas jocosas "propuestas" publicitarias que circulan en la Red -y de las que me permito recomendar la prueba oficial de sexo oral (gana la pareja china, otra vez)-, como se sabe la organización de los recientes juegos ha tenido el gesto de regalar a los atletas más de 100.000 condones. Me pregunto si el COI estará planeando hacer oficial una de las disciplinas más practicadas en la historia de los juegos. En serio, alguien debería premiar la flexibilidad, resistencia y entrega que requiere cada gesta amatoria. Debo confesar que a mí, sin embargo, lo que más me entusiasmaría de semejante logro sería la posibilidad de ver los clásicos resúmenes televisivos. ¿Se imaginan los rostros de los atletas en cámara lentísima durante los momentos de mayor esfuerzo, las gotitas de sudor (o lo que sea) flotando en el aire, las celebraciones, las culminaciones ovacionadas por un público entregado y agitando banderitas, todo envuelto en música tipo Carros de fuego o El descubrimiento de América? Sólo una cosa: antes de dar el salto sería justo preguntarse también si cabe en la cama el encomiable y aséptico espíritu olímpico cuando los únicos anillos que nos unen son los vibradores.
Tras las maratonianas retransmisiones y acabados los fastos, el y la televidente se ven enfrentados nuevamente a la ardorosa labor de mantener viva la llama del deseo mientras se repasan las lecciones aprendidas y se preguntan si es mejor un carrerón de fondo o una buena corrida en 100 metros planos, pulverización de récord incluida; si el buen sexo es siempre una competencia de relevos o más bien una disciplina individual como el tiro de precisión; o si la resistencia tiene poco que decir ante un perfecto ejercicio de nado sincronizado, aunque con el marcador siempre a tu favor. En fin, es tiempo de reflexión. Pasada la resaca de los juegos, usados los condones chinos y envainadas las jabalinas, los competidores han vuelto a casa. Ese lugar donde uno se juega el oro en cada polvo.
Gabriela Wiener es autora del libro Sexografías (Melusina, 2008).

Sexo, sudor y lágrimas

El País.
Una de las parafilias más inquietantes que he descubierto este verano es la llamada sudorofilia, esto es, la debilidad por el sudor. Las gotitas, manantiales y charcos que desprenden nuestros cuerpos y los hacen resbalar unos contra otros son una más de esas bizarras fuentes de placer sexual, como los orines o la ropa sucia.
El universo de los sudorofílicos es muy grande. Desde el rocío del bozo hasta las camisetas mojadas. Y el adicto a la transpiración espera con una sonrisa en los labios la llegada del verano para ver de cerca cómo trabajan nuestras glándulas sudoríparas. Como el protagonista de El perfume con los olores, el sudorofílico roba sudores: se introduce en el metro a hora punta, se apunta a gimnasios y saunas, acude subrepticiamente a megadiscotecas para empaparse de secreciones de preferencia salinas, que caen como lágrimas de la cabeza a los pies de sus "víctimas". Al saludar a alguien va directo al cuello, cuando puede acaricia las espaldas hidratadas y no hay nada más morboso para él que irse con el rostro bañado de transpiración ajena. Lo verás pegado a tus sobacos, masturbándose con tu ropa del gym y rogándote que no te bañes para conservarte guarri para él. Hacer el amor con un sudorofílico es aceptarte como el canal por el que discurren los ríos del goce.
Últimamente he pensado que yo podría ser una sudorofílica más. No es tan raro, el año pasado un grupo de investigadores de la Universidad de Berkeley reveló que lo que más despierta el deseo erótico en una mujer es el sudor, por encima de la mirada o el culo de un hombre. Al parecer, el truco es una feromona llamada androstenediona que suele ser usada en la fabricación de perfumes y que es la causa del sobado "olor a hombre". Pero qué hay del sudor de las mujeres. Mi propio sudor, por ejemplo, tiene un aroma que, aunque no es propiamente afrodisíaco, siempre he encontrado perturbador. El perfume que exuda mi frondosa caballera suelta y humedecida por el calor huele a miga de pan horneado.
Y en medio de estas serosidades, leo ahora que la ex Miss Gran Bretaña -y participante del Gran Hermano inglés-, a la que le quitaron el título por posar desnuda para Playboy, odiaba verse fotografiada con un mapa de humedad bajo cada axila cada vez que saludaba monárquicamente con la mano. Por eso, previo pago de algunos miles de euros, decidió operarse para evitar la sudoración. ¿Y si se impusiera un movimiento antisudoral de orden planetario que nos dejara secos? Para el sudorofílico sería el Apocalipsis. Para mí, que estoy enamorada de un hombre que sufre hiperhidrodis -una afección que hace que le suden espontánea y excesivamente las manos- no hay nada como unos vaporosos y tibios dedos recorriéndome.

Calle 20: En la cama (no sólo) con Gabriela Wiener

La revista cultural del diario 20 minutos ha publicado una reseña de Sexografías, escrita por Elena Medel, una preciosidad de poeta y sujeta que conocí el otro día en Madrid. Quiero volver a verla. Gracias, Elena, pero cuándo intercambiamos bikinis. La de la ilustración asumo peregrinamente que soy yo, aunque si amplías la foto notarás que el ilustrador no me ha visto nunca las tetas.
Copio la reseña:
"Sexo a mansalava, verdades gonzo y encuentros feministas con Nacho Vidal.

Imagina que Ryszard Kapuscinski, en Un día más con vida, nos mostrase la Angola post-colonial desde el trampolín de sus experiencias sexuales, analizando la repercusión política y social de una noche con una lugareña, como si de aquellos polvos descendieran estos lodos.
Imagina que la Doctora Ochoa no se supiera predestinada al puesto de consorte de un arquitecto estrella, sino que bajara al fango y nos acercara —españolitos, ¿cómo vendremos al mundo?— el sexo desde una perspectiva real, con sus misioneros, sus vibradores y sus swingers. La imaginación es el motor de Sexografías; las fantasías, puntualizamos, que Gabriela Wiener realiza y escribe con rigor notarial.

«Lois», asegura la autora en su casi carta de amor a la novia de Superman, «es una reportera dispuesta a dar la vida por una buena historia, incluso si el precio es convertirse en su malograda protagonista (exponiéndose al ridículo más humillante) y otro debe escribirla y llevarse la palma». Es decir: que si Wiener ruega ser stripper y el gorila del local la expulsa del escenario, no se ahorra especificar la parálisis que provocó el fracaso, ni su vergonzante salida a la calle. Tampoco escatima ningún detalle sobre su experiencia como sumisa por un día, mitad placer y mitad expiación. Cuando Lady Monique la azota recuerda, por ejemplo, «todas las veces que practiqué la sumisión con mis parejas de cama».
Donando óvulos para un máster
Sexografías engancha porque alguien late al otro lado de la página; porque los datos biográficos que nos desvelan en la solapa coinciden con los de la narradora, Gabriela, que dona óvulos para conseguir pagar un máster, se encierra en un cuarto de baño parisino porque el dolor físico —necesita sacarse la leche del pecho— y el psicológico —ha dejado a su bebé en Barcelona— pueden con ella. Llámese Nuevo Periodismo, llámese gonzo, nuestro voyeurismo nos impide frenar la lectura: ¿se convertirá en la séptima esposa del gurú polígamo Bandini?, ¿logrará que la ayahuasca le depare un buen viaje?, ¿sucumbirá a los encantos de Nacho Vidal?...

Pero Sexografías es algo más que un libro sobre sexo. Es más: el papel de las relaciones sexuales a una, dos o tres bandas es secundario. «El sexo es un pretexto para profundizar en temas de género, de la condición femenina, de los límites, incluidos los míos propios, al ser experimentos de inmersión». En Trans, quizá el reportaje más emocionante —junto con While you were sleeping, o cómo es posible reflexionar en castellano sobre la maternidad—, se nos muestra a la peruana Vanesa —antes Melvin— prostituyéndose en Le Bois de Boulogne, tras contarnos su periplo hasta Europa y todo cuanto deja en Lima. Porno casero, tuning, cerdos que se aparean.
Gabriela Wiener nos muestra, con un pulso de dominatrix narrativa, aquello que existe pero nuestra moral oculta.
Melusina / 220 páginas / 17 euros

martes, 26 de agosto de 2008

Consejera sexual

Desde que me entrevistaron el domingo pasado del programa "A vivir que son dos días" de la Cadena Ser he recibido algunos correos de gente majísima que me pide consejos a cerca de su vida sexual. Parece ser que doy la impresión de ser alguien que cumple sus fantasías y ayuda a otros a cumplirlas y eso es algo que muchas personas desearían para sí mismos. Yo he insistido en que no soy nadie para ir enseñándole a la gente cómo hacer de su cama un lugar más feliz. Sólo soy una escritora pervertida!

Una entrevista muy PL



(parece que no tuviera problemas de ego pero sí los tengo)

sábado, 23 de agosto de 2008

A propósito de Rusia...



He escrito un post nostálgico en mi Blog de Clubcultura.


Fragmentito:

El Cocodrilo Gena
19/08/2008
En la Lima de los ochenta estudié la primaria en un colegio pro-soviético con nombre de prócer antigamonalista. Se llamaba Atusparia, una especie de Túpac Amaru renacido que luchó por los derechos del campesino y al que le cortaron las simbólicas trenzas como a un Sansón andino. Recuerdo el retrato al óleo de Atusparia, todavía con trenzas y poncho, coronando la oficina de la directora del centro y madre del niño del que estábamos inútilmente enamoradas mis amigas y yo. No sé cómo llegaron a conjugarse las reivindicaciones indígenas y la utopía bolchevique en un solo proyecto educativo pero lo cierto es que nosotros estábamos allí para contribuir a la lucha de clases. Entre las asignaturas obligatorias contaban por supuesto el ruso, el ajedrez y las danzas folclóricas. Me pasé toda la primaria bailando el carnaval de Canas, memorizando partidas de Kasparov y cantando temas revolucionarios pañuelo rojo al cuello y puño en alto. Mi destino más que inminente era algún día seguir estudios en la URSS.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Ayer saqué a mi amigo del armario en un diario de tirada nacional

Mi esposa es la mar, mi amante es mi capitán
Sexografías. El País.

Gabriela Wiener 19/08/2008


Éste es un viaje a través del armario. Otra manera de salir de vacaciones. Hace unos días fui en busca de un amigo peruano que llevaba algunas semanas veraneando en una pequeña ciudad francesa. Aunque nada me aseguraba que B me iba a confesar por fin su tácita homosexualidad, le llevé de regalo Querelle de Brest, de Jean Genet: "Mi esposa es la mar; mi amante es mi capitán". En esa bárbara novela, Genet describe la redención sodomita de un marinero asesino. B y yo hablamos mucho sentados a la orilla de ese mar que para Genet evoca el amor y el deseo entre hombres y terminamos en una discoteca cavernaria bailando con negros inmensos y hablando de sus penes.


Ayer lo encontré en el chat. Está de vuelta en Lima y con una depresión de caballo. No sólo por el síndrome posvacacional, también porque ha vuelto a ser ese "maricón, cholo y feo que busca sexo", en una ciudad en la que ser todas esas cosas juntas es peor que una maldición. Es el viaje de regreso al armario, uno oscuro y lleno de ropa sucia.

Me cuenta su día: va a ver El caballero oscuro y al volver se conecta a Internet para buscar tíos. Uno que dice estar bien dotado va a su casa. Mi amigo le da de comer. En la habitación de al lado está el padre de B durmiendo. B vive todavía con su padre y folla con lo que logre pillar en su habitación, por eso tuvo que poner hace poco un cerrojo en la puerta. A B, que es un treintañero y refinado políglota, le gusta estar con hombres altos, blancos, como la pareja de millonarios con los que ligó en esa ciudad francesa, al lado del mar, y que lo querían para hacer un trío por ser moreno y bajito. Pero donde vive nadie con esas características le sigue el rollo. Nadie es más racista con B que él mismo. Cuando el tío se va intenta dormir, pero como no puede se masturba hasta cuatro veces.


B dice que lo hace por ansiedad. Odia tener sexo con tíos que ni siquiera le parecen simpáticos, mientras sueña con el becario hetero de su oficina. Dice que esta vida lo va a matar y yo también temo que así sea: "No encuentro nada y estoy cada vez más neurótico y con ganas de llorar, como ahora. Voy a comer y a hacer reír a la gente de mi oficina para dar la impresión de que soy un tipo feliz", leo que ha escrito hace 20 minutos mientras yo atendía algún asunto de mi doméstica felicidad.
Aquella tarde recuerdo que estábamos sentados frente a una laguna artificial en medio de un condominio de casas blancas. Todavía puedo ver la imagen del hermoso marinero de la portada del libro de Genet aparecer en el instante en que él arranca el papel de regalo y me mira a los ojos como diciéndome "perra".
Gabriela Wiener es autora del libro Sexografías (Melusina, 2008).


lunes, 18 de agosto de 2008

Hablan las freaks

Soho, la revista colombiana que apuesta por tetas en la portada y periodismo narrativo en el interior, ha llegado a su edición número cien y lo celebra, cómo no, jugueteando: Una relectura en clave erótica y humorística de la historia del arte y una orgía de firmas en formato de lujo que me acaba de traer el cartero. El secreto de Soho es, además de calatear famosas, entrar con ironía, hacer combinaciones imposibles de historias y personajes, pedir a sus colaboradores desnudos, confesiones, arrebatos. Daniel Samper, su director, cómplice y padrino de los nuevos cronistas de indias (lo idolatramos) comparte por primera vez con los lectores las cincuenta convicciones de Soho: "El temperamento editorial de Soho es vivencial: que la firma viva el mundo que narra", dice Daniel y fiel a ese mandamiento ha publicado en este número un apartado titulado "Señales particulares", en el que cinco chicas escribimos sobre algo habitualmente inconfesable, sobre todo para una mujer: un "defecto físico", eso que hace que las malas personas se burlen de ti y las buenas te digan que eso "te hace única". No sé qué es peor.

Josefina Licitra, Premio FNPI del 2005, ha sido capaz de construir un perfecto testimonio sobre su rostro, su "cara distinta", tan delicado como violento y deliciosamente resentido, lo que me convence y me conmueve. Josefina revela las torturas a las que fue sometida la cara con la que nació y da las señas de sus enemigos, los cirujanos, de hecho casi les lanza amenazas de muerte: "¿Exagero?"- dice Jose-. "Prueben vivir con una sola oreja". Guadalupe Nettel habla del lunar que tenía en la córnea del ojo y del paisaje de la infancia visto con un ojo parchado. Lo de Ena Lucía Portella es un testimonio sobre el mal de parkinson que padece desde los 20 años, en tanto Graciela Mochkofsky cuenta cómo descubrió su aritomanía: una obsesión patológica por enumerarlo todo. Mi testi que orginalmente titulé "Yo fui una freak pero me operé" y que aparece en Sexografías ha sido aquí rebautizado jocosamente como "4 pezones", seguro que porque la idea de cuatro pezoncitos es más sugerente que la de una excedencia de mamas o de glándulas, que es (era) la cruel realidad. Tecnicismos aparte, me siento en la obligación de aclarar que nunca he tenido más de dos pezones, pero qué pezones.



Posdata: A día de hoy en mi sitio en Club Cultura todavía siguen apareciendo comentarios de personas que sufren de algún tipo de polimastía (más de dos mamas en el ser humano) y veo que por momentos el blog hace las veces de foro y mi texto de mensaje de autoayuda, sin que jamás me lo haya propuesto, pero tampoco me molesta.